Ayer revisé una propuesta que un cliente había recibido de otra agencia. Cinco líneas. Una cifra. IVA aparte. Y una frase que vale su peso en litigios: «desarrollo web completo según lo hablado».
¿Qué se habló exactamente? Nadie lo sabe. Ni él ni, sospecho, quien lo escribió. Un presupuesto de diseño web que cabe en un tuit no es un documento comercial, es una apuesta donde solo una de las dos partes conoce las reglas.
Un presupuesto debe incluir el alcance en pantallas únicas, la titularidad del código y del dominio, las licencias con su coste anual, el número de rondas de revisión, los hitos de pago con entregable, las condiciones de salida, el alcance del soporte y el IVA desglosado.
Llevo diecisiete años firmando proyectos por los dos lados de la mesa. He redactado ofertas horribles al principio (más abajo cuento una que todavía me duele) y he visto a clientes pagar dos veces por lo mismo porque el papel no decía nada. Lo que sigue son las partidas que casi ningún documento de este tipo incluye, y las preguntas concretas que deberías hacer antes de estampar tu firma.
El PDF de una página
Antes de entrar en materia, la lista corta. Estas son las ocho partidas que deben figurar por escrito:
- Alcance en número de pantallas únicas
- Titularidad del código al liquidar
- Dominio y custodia de los accesos
- Licencias con coste anual desglosado
- Rondas de revisión y precio por hora extra
- Hitos con fecha y entregable verificable
- Condiciones de interrupción del proyecto
- Alcance del soporte e IVA desglosado
Hay una correlación que he medido en mi propio historial de proyectos: de los once encargos que acabaron en discusión seria por dinero entre 2018 y 2024, nueve venían de documentos de menos de dos páginas. Los dos restantes tenían quince páginas pero ninguna mención al hosting.
La brevedad se vende como agilidad. «No te marearé con letra pequeña». Suena bien hasta que aparece la primera factura extra por un formulario de contacto que tú dabas por hecho y el proveedor no.
Mi regla de bolsillo: si el documento no ocupa al menos cuatro páginas para un proyecto corporativo estándar de 8 a 12 secciones, falta información. No porque haya que rellenar por rellenar, sino porque un proyecto real tiene entre 25 y 40 decisiones que afectan al precio, y esas decisiones ocupan espacio.
«Diseño a medida» sin definir
Esta expresión es el comodín más rentable del sector. Puede significar que alguien va a dibujar cada pantalla desde cero en Figma, con tres rondas de maquetas y un sistema de componentes propio. O puede significar que van a comprar una plantilla de 59 dólares en ThemeForest y cambiarle el logo y los colores corporativos.
Ambas cosas se han descrito con las mismas tres palabras en propuestas que he leído este año. La diferencia de coste real entre una y otra está en un factor de cuatro o cinco. Así que cuando alguien te describe un proyecto de pantallas propias, ya sea bajo la fórmula de nuestro enfoque de diseño web a medida o la de cualquier otro estudio, lo que debe figurar por escrito son tres cosas concretas: si hay maquetas previas, cuántas pantallas únicas se diseñan y si existe o no un tema comercial de partida. Tres frases bastan para cerrar el agujero antes de que se convierta en factura.

Nadie menciona quién es dueño del código
Aquí está el quid, y es la parte que más caro le sale a la gente.
En 2021 vino a vernos una empresa de logística de Alcorcón. Habían pagado 14.000 euros por su plataforma dos años antes. Querían añadir un módulo de seguimiento de envíos. Problema: el desarrollo estaba montado sobre un framework propietario del proveedor original, licenciado por uso, no transferible. Traducción: podían pagar lo que quisieran, pero solo esa empresa podía tocarlo. La migración completa nos costó 9.200 euros y cuatro meses. Dinero tirado por una cláusula que nadie leyó porque nadie la escribió.
Pregunta exacta que debes hacer, palabra por palabra: «¿La propiedad intelectual del código entregado pasa a mi empresa al liquidar la última factura, sí o no?». Si la respuesta tarda más de cinco segundos o incluye la palabra «depende», tienes un problema en las manos.
Reconozco algo incómodo: durante mis primeros cinco años como freelance yo tampoco lo especificaba. No por mala fe, sino porque nadie me lo preguntaba y me parecía una obviedad. Hasta que un cliente asumió que le había vendido también las licencias de las tipografías de pago. Ahí aprendí que en esto las obviedades no existen.
El dominio y las llaves de casa
El código es el titular. Los accesos son la letra pequeña que nadie mira hasta que la necesita.
He recibido tres proyectos en los últimos dos años donde el dominio estaba registrado a nombre de la agencia anterior, no del cliente. Uno de ellos tardó siete semanas en recuperarlo. Y el patrón se repite con Analytics, con Search Console y con el panel del alojamiento: cuentas creadas por el proveedor, con su correo como administrador único y sin ningún propietario adicional dado de alta.
Lo que debe constar es ridículamente simple: a nombre de quién se registra el dominio, quién figura como propietario de cada cuenta analítica y en qué formato se entregan las credenciales al cerrar el proyecto. Si el histórico de tráfico de tu propia página vive en una cuenta que no controlas, ese histórico no es tuyo.
Las licencias que caducan solas
Un proyecto WordPress corriente arrastra entre cuatro y nueve licencias anuales: el constructor visual, el plugin de formularios avanzados, el de SEO en versión pro, la pasarela de pago si hay tienda, el sistema de reservas, las tipografías, los iconos. Suman de 280 a 700 euros al año según el stack. Mi media de los últimos veinte proyectos ronda los 410.
Casi ninguna oferta lo dice. Y es que técnicamente no está mintiendo: el primer año suele ir incluido en el precio de lanzamiento. El segundo, no (nadie ha renovado nunca una licencia por iniciativa propia, y tú tampoco lo harás). Cuando caduca la licencia del constructor no se rompe la página, pero dejas de recibir actualizaciones de seguridad. Eso, en un gestor que según el rastreo de W3Techs mueve alrededor del 43 % de la web mundial, es una invitación abierta.
De ahí la regla que aplico desde hace años: los costes recurrentes van en una tabla separada del pago único, con su cuantía y su fecha de renovación. Hosting, licencias, mantenimiento y certificado en una columna; el proyecto en la otra. Mezclarlos es lo que produce esa sensación de «pero yo ya la había pagado».
Las revisiones ilimitadas no existen
Total, que alguien te promete revisiones sin límite y tú piensas «qué buena gente».
No. Piénsalo desde el otro lado del escritorio: nadie puede sostener un margen con un compromiso infinito. Lo que ocurre en la práctica, y lo he visto en proveedores con los que hemos colaborado, es que las revisiones quince a veinte llegan cada vez más tarde, con menos ganas y peor acabado. El límite existe, solo que no está escrito y lo aplica el cansancio.
Lo honesto es un número: tres rondas de diseño, dos de desarrollo, y a partir de ahí un precio por hora declarado. En mis propuestas pongo 45 euros/hora para cambios fuera de alcance. No es simpático leerlo, pero el cliente sabe a qué juega y yo no acabo odiando el proyecto en la semana nueve.

Sin hitos no hay fechas
«Entrega estimada: 8 semanas». Precioso. ¿Ocho semanas desde cuándo? ¿Desde que firmo, desde que pago la señal, o desde que envío los textos que todavía no he escrito?
Un calendario sin hitos parciales es una fecha decorativa. Lo que sí funciona es esto: cuatro o cinco hitos con entregable concreto (arquitectura validada, maquetas aprobadas, desarrollo en staging, revisión de contenidos, salida a producción), cada uno con su plazo y con la fecha límite de respuesta del cliente. En proyectos donde aplicamos este esquema, la desviación media sobre el plazo inicial bajó de veintitrés días a seis. El cuello de botella casi nunca es el desarrollo. Es la validación.
La partida del divorcio
Vamos, que nadie quiere hablar de esto mientras se firma, igual que nadie habla del prenupcial en el banquete.
Pero los proyectos se rompen. Un 8 % de los nuestros, aproximadamente, ha terminado antes de tiempo: cambios de dirección en la empresa cliente, rondas de financiación que no llegan, incompatibilidad de criterio. Y cuando eso pasa sin cláusula de salida, empieza una conversación fea sobre cuánto se ha hecho y cuánto se debe.
Tres líneas lo resuelven. Qué porcentaje del importe queda liquidado en cada hito. Qué se entrega si se corta a mitad: los diseños en Figma, el código a medio hacer, el volcado de la base de datos, los archivos fuente. Y quién se queda el dominio, que es el activo que más disputas genera y el que más barato sale de proteger. La misma lógica se aplica a cualquier servicio con entregables por fases: cuando el trabajo sale de nuestra faceta de productora audiovisual en piezas de larga duración, la cláusula de interrupción va en la página dos del documento, jamás escondida en un anexo que nadie abre.

Lo que pide un cliente informado
Cuando alguien llega con las preguntas hechas, la propuesta que recibe es distinta. No más barata necesariamente, pero sí más precisa. Y con los proveedores flojos funciona como filtro automático: se retiran solos.
Partida por partida, con la pregunta literal
| Partida | Pregunta exacta que debes hacer por escrito |
|---|---|
| Alcance | ¿Cuántas pantallas únicas se diseñan y cuántas son plantillas repetidas? |
| Titularidad del código | ¿La propiedad intelectual pasa a mi empresa al liquidar la última factura? |
| Dominio y accesos | ¿A nombre de quién se registra el dominio y quién es administrador de Analytics y Search Console? |
| Licencias | ¿Qué licencias hay, cuánto cuestan al año y quién las paga a partir del segundo año? |
| Revisiones | ¿Cuántas rondas incluye y a qué precio por hora va la siguiente? |
| Hitos | ¿Qué entregable concreto marca cada pago y qué plazo tengo yo para validarlo? |
| Salida | ¿Qué se me entrega y a qué coste si interrumpo el proyecto o cambio de proveedor? |
| Soporte y formación | ¿Qué cubre el soporte, cuánto dura y se incluye formación de uso del gestor? |
| Exclusiones e impuestos | ¿Qué NO incluye este importe y está el IVA desglosado? |
La lista de lo que no entra
Esta es la partida invisible. Lo que habitualmente queda fuera del precio anunciado y aparece después: el dominio, el alojamiento, el certificado SSL, la fotografía, el copywriting, las traducciones y cada idioma adicional. Ninguna de esas ausencias es mala fe por sí sola; el problema es que se descubran en marzo.
Por eso escribo un bloque titulado «No incluye» con seis u ocho líneas. Un cliente que lee eso y aun así firma, firma sabiendo. Y el desglose fiscal va al lado: honorarios, plazos e IVA separados, nunca una cifra redonda con un «más impuestos» al final.
El soporte merece párrafo aparte
Casi todas las ofertas incluyen «un mes de soporte». Nadie define qué es soporte. ¿Arreglar un fallo de maquetación en móvil? Sí. ¿Cambiar la home entera porque el gerente la vio y no le gustó? Evidentemente no, pero he tenido esa discusión tres veces.
Lo que escribo desde 2022: soporte cubre corrección de errores atribuibles al desarrollo y actualizaciones de seguridad. No cubre cambios de contenido, nuevas funcionalidades ni formación adicional. Los tickets de corrección se atienden en 48 horas laborables. La formación de uso del gestor, cuando toca, va como entregable propio con sus horas contadas. Se acabaron las discusiones.
Una advertencia sobre el precio más bajo
¿Siempre gana la oferta más completa? Jamás. La gente compra por cifra en más ocasiones de las que me gustaría. Pero he visto suficientes proyectos rescatados de otros estudios para tener una estimación razonable: lo que se ahorra al contratar la opción más barata suele reaparecer multiplicado por 1,6 o 1,8 en el primer año, entre licencias no previstas, migraciones y rehacer lo que no se hizo bien.
Preguntas frecuentes
¿Cuánto cuesta hacer una página web sencilla?
Las tarifas publicadas por estudios españoles para 2026 sitúan la web profesional a partir de unos 990 euros, la web con diseño propio desde unos 1.800 y la tienda online desde unos 2.400. Conviene tomarlo como orden de magnitud y no como suelo de mercado: las horquillas varían mucho entre fuentes y el mismo proyecto puede oscilar varios miles de euros según quién lo ejecute.
¿Qué diferencia hay entre un diseño web barato y uno profesional?
Casi nunca es el aspecto visual. La diferencia está en quién asume las licencias del segundo año, si el código es transferible, cuántas revisiones entran sin coste y si existe un plan de actualizaciones de seguridad. Esas cuatro líneas explican la mayor parte del salto de precio.
¿Es mejor un pago único o una cuota mensual?
Depende de qué quieras poseer. El pago único suele implicar que el activo es tuyo y que los recurrentes (hosting, licencias, mantenimiento) van aparte. La cuota mensual reparte el desembolso, pero en muchos contratos deja de funcionar o de ser transferible si dejas de pagar. Pregunta siempre qué ocurre con el sitio el día que cancelas.
¿Quién es el propietario una vez pagada?
Solo quien lo tenga escrito. El pago de la factura no transfiere automáticamente la propiedad intelectual del código ni la titularidad del dominio si el documento no lo dice. Exige una cláusula expresa de cesión de derechos vinculada a la liquidación final.
¿Cuánto se tarda en hacer una página profesional?
Un proyecto corporativo de 8 a 12 secciones se mueve entre seis y diez semanas, pero la cifra solo significa algo si va repartida en hitos con fecha. En mi experiencia el retraso rara vez viene del desarrollo: viene de la validación de contenidos y de las respuestas que no llegan.
Un documento bien redactado no encarece nada. Solo pone sobre la mesa lo que ibas a pagar de todas formas, con la diferencia de que ahora lo decides tú y no te lo encuentras en la factura de marzo. Y si un proveedor se resiste a escribirlo, ya te ha contado lo importante sobre cómo va a ser trabajar con él.


